4.12.11

Hipo H / Mesa Camilla

Gonzalo Pardo Díaz, Madrid, Enero 2011

Cuando era pequeño siempre pensé que debajo de la mesa camilla de la buhardilla la casa continuaba; que bajo esa tela aterciopelada marrón oscuro y pesada, un poco más alta que yo y rematada por un vidrio circular, se escondía otro mundo; y que para descubrirlo, sólo había que acercarse y levantarla. El caso es que no sólo yo me lo creía; hacía partícipe de mi imaginación infantil a todos cuantos venían a jugar a ese espacio alargado, mágico y lleno de juguetes que era la buhardilla. Antes de entrar advertía a cada uno, susurrándoles al oído, sobre la existencia de ese otro mundo que se escondía bajo la mesa. Recuerdo perfectamente sus caras, sus reacciones: al principio me miraban perplejos, pero después acababan haciéndose cómplices de mi secreto.



Fueron tantas las veces que me imaginé desvelando lo que se escondía ahí abajo que perdí la cuenta; cuando ya estaba convencido de hacerlo y había reunido el valor suficiente, me aproximaba nervioso, paso a paso, a la mesa con la mirada fija; con el cuerpo rígido como el mármol, los dientes apretados y los pulgares envueltos por el resto de dedos formando un puño como si fuera a atizar a alguien me detenía frente a la tela con los ojos cerrados, esperaba un rato e inmediatamente salía corriendo. Supongo que nunca lo hice por miedo a encontrarme algo de verdad o por no llevarme una decepción. Por una cosa o por otra mantuve despierta esa ilusión durante mucho tiempo.

Pasaron los años y me marché de casa, pero de cuando en cuando volvía a ver a mis padres y en cada visita subía a la buhardilla y entonces, desde otra perspectiva -ahora desde arriba- miraba la mesa y sonreía. Un día, hace no mucho, descubrí que la mesa de mi infancia no estaba en su esquina habitual. Había desaparecido. Pensé que la habrían movido o tirado o regalado o vendido -aunque esto último era muy poco probable-. Al bajar las escaleras le pregunté a mi madre que qué habían hecho con ella, y sonriendo me respondió “pero hijo, ¿qué dices? ¿De qué mesa camilla me estás hablando? Si nunca tuvimos una de esas.”

Comentarios

Elisavet: Información desde dentro
“El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación”.
Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Manuel:  La capacidad de lo mágico
La palabra “casa” siempre alberga lugares para los sueños. El sótano, la buhardilla o la alacena siempre han sido puertas a lugares mágicos, donde objetos comunes muestran su seductor potencial de ensueño, donde nos vemos atrapados por el poder hipnótico de una puerta entreabierta, o del lento discurrir de la luz tras los visillos. Esta capacidad de “lo mágico” hace que la arquitectura adquiera esa quinta dimensión, que permite que se escriba con mayúsculas.


Marcos: Del otro lado
Y nos tuvimos que marchar!
Me arremangué mis faldas de gruesa tela, me abracé a mi braserito y abandoné andando la esquina de la buhardilla.
Todavía recuerdo con temor la determinación de esos ojillos que me hicieron huir.
“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”.
Jorge Luis Borges, El Aleph, 1949.


M00: Aspiraciones
Cuando era pequeña imaginaba que los pasillos no tenían fin, sólo una luz podía hacer que éste apareciera. ¡Cómo adentrarme en un pasillo en la oscuridad!, si me pasara de largo y alguien encendiese la luz quedaría atrapada al otro lado. Cuántos mundos caben en algunas casas. Yo cuando sea mayor quiero hacer una de esas.


más información: http://www.hipo-tesis.eu/numero_hipo_h.html